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Terrorismo y Democracia en las Américas
Por Rut Diamint
Noviembre de 2003
Contenido
Terrorismo
y Democracia en las Américas
Estamos en presencia de lo que se conoce como terrorismo
catastrófico, Este tipo de terrorismo crea un nuevo espacio
virtual que es el mundo entero, expandiendo el terror a todas las naciones.
Estos nuevos grupos son hipermóviles y sus acciones no se concentran
en una nación, a diferencia de lo que ocurría en los tiempos
de la Guerra Fría, en donde el enemigo era visualizable y localizable.
Por ende, las nuevas amenazas crean mayor incertidumbre, pero tenemos
la certeza de que no puede haber seguridad en ausencia de autoridad.
La Conferencia Especial sobre Seguridad, realizada
en octubre pasado en el marco de la OEA, concertó la estructura
de seguridad del continente. Dada la escasa tradición de los países
latinoamericanos en debatir las cuestiones de seguridad, los representantes
políticos de los ciudadanos tienen un nuevo espacio y una nueva
demanda para involucrarse en el análisis y en dar respuestas al
terrorismo y las demás preocupaciones de seguridad.
La falta de capacidad del Estado para manejar las
expectativas de seguridad de los ciudadanos es potencialmente uno de
los factores más desestabilizadores en la consolidación de
la democracia. Ante el terrorismo, la democracia debería responder
ampliando los derechos de ciudadanía, concediendo mayor participación
en la gestión y control de lo público y mejorando la capacidad
de las instituciones del Estado, rol que positivamente está en
manos de los Congresos del hemisferio.
Terrorismo y democracia en las Américas
Documento preparado por Rut Diamint
Noviembre de 2003
Introducción:
El Terrorismo
Todos sabemos que el terrorismo no es un fenómeno nuevo. También
sabemos que la forma adoptada por el terrorismo después del 11/S
presenta nuevas características que impulsan a repensar las respuestas
ante el terrorismo. Es además un dato ineludible que la nueva estrategia
norteamericana presentada en septiembre de 2002, conocida como preemptive
action, está generando cambios en el sistema internacional
y que estos cambios tienen una incidencia directa en las políticas
de seguridad de las naciones.
Un ligero repaso de la literatura existente muestra que terrorismo
es un acto de violencia política contra una determinada población,
con una finalidad política de carácter religioso, ideológico,
social, económico y que causa emociones de miedo y odio, buscando
un alto impacto mediático. El origen de su uso retrotrae al período
del Terror de la Revolución Francesa, refiriéndose a la brutal
purga sistemática del gobierno revolucionario contra el Antiguo
Régimen. Se habló de terrorismo cuando grupos nativos lucharon
por conquistar su independencia respecto de su situación colonial,
aunque las Naciones Unidas reconocieron la legitimidad de estos movimientos.
Se ha hablado también de Terrorismo de Estado para referirse a
los gobiernos dictatoriales que avasallaron los derechos de los ciudadanos.
Durante la Guerra Fría existieron numerosos grupos terroristas,
guiados por intelectuales violentos que sostenían creencias políticas
actuando contra sus propios gobiernos.
El nuevo terrorismo, como señala el especialista Bruce Hoffmann,
se caracteriza por contar con recursos tecnológicos sofisticados
y diversos, fanatismo religioso, sentimientos paranoicos respecto al
Orden Mundial y por su carácter global. Walter Laqueur, otro reconocido
experto en el tema, señala que a diferencia de los grupos terroristas
de los años 60 y 70, este nuevo terrorismo no buscar crear ejércitos
de militantes, sino que por el contrario, se organiza sobre la base
de pequeños grupos con mucha movilidad. Asimismo, otra particularidad
es que borra los límites entre actores estatales y no estatales,
llevando el concepto de seguridad hacia áreas externas al Estado
por medio de redes trasnacionales, en un espacio en el cual no existen
normas que regulen la violencia, como si sucede en los contornos de
una nación. Por ende, crean un nuevo espacio virtual que es el
mundo entero. De esta forma se expande el terror, pues el objetivo a
atacar no reconoce fronteras sino objetivos. Estos nuevos grupos terroristas
son hipermóviles y sus acciones no se concentran en una nación.
A diferencia de las luchas guerrilleras tradicionales, el nuevo terrorismo
explota la asimetría de poder ampliando la percepción de vulnerabilidad
de las potencias.
Los gobiernos han expresado mayoritariamente su voluntad
de luchar contra el Terrorismo. Entre los mecanismos acordados para
combatir a los ataques terroristas están la Resolución para
el Fortalecimiento de la Cooperación Hemisférica para Prevenir,
Combatir y Eliminar el Terrorismo (2001); la Convención para la
Supresión de Bombardeos Terroristas (2001); la Declaración
sobre un Esfuerzo Global Contra el Terrorismo, del Consejo de Seguridad
de la ONU (2001); la Resolución del Consejo de Seguridad 1373 (2001);
Financial Task Force on Money Laundering- FATF (1998) o Grupo de Acción
Financiera Internacional (GAFI), una ONG europeo-estadounidense que
promueve la transparencia en los movimientos de capitales con
el objetivo de evitar el lavado de dinero proveniente del narcotráfico,
y que hoy ayuda además a controlar los fondos internacionales que
financian el terrorismo.
Si bien es cierto que estamos ante un terrorismo catastrófico,
ello no implica que sólo se pueda actuar con medidas excepcionales.
Las medidas para confrontar al Terrorismo se centran en los mecanismos
de inteligencia, controles satelitales, control de movimientos de personas,
registros sobre movimientos financieros, intercambio de informaciones
entre estados, mejoramiento de las inspecciones aduaneras, supervisión
de los desarrollos científico-tecnológicos, mayor control
de comercio y exportación de material sensible, perfeccionamiento
de los organismos de migraciones. No puede haber seguridad en ausencia
de autoridad. El consenso acerca de la ilegalidad de los actos terroristas
no provee automáticamente legalidad a los medios para combatirlos.
Estas acciones han realzado dos dilemas. Primero, como lograr un justo
balance entre los requerimientos de la seguridad y la preservación
de los derechos civiles. La legislación antiterrorista tiende a
exagerar las facultades para combatir el crimen, limitando derechos
tradicionales de la democracia. Juristas especializados sostienen que
los terroristas deben ser tratados por medio de la legislación
criminal convencional, pues de esta forma se les niega un status de
víctima política.
Segundo, estos nuevos grupos terroristas globalizados han puesto en
cuestión si estamos ante fenómenos de carácter interno,
que deberían combatirse por medio de instituciones domésticas
como las fuerzas de seguridad, las aduanas, las oficinas de migraciones
y sobre todo la justicia, o por el contrario, si son identificados como
grupos que operan desde el exterior, y por lo tanto, se admite la utilización
de fuerzas armadas, encargadas por definición de la defensa externa.
Este dilema es particularmente importante en las sociedades de Latinoamérica
y el Caribe, en las que las fuerzas armadas han actuado en el pasado
fuera de la ley. Por otra parte, cabe recordar que George W. Bush en
su discurso en West Point, el 1º de junio de 2002, dijo estas
redes no pueden disuadirse por medios militares tradicionales, porque
no tienen un territorio fijo o una población que defender
por lo cual la militarización del combate al terrorismo, tal como
han afirmado los líderes europeos, no da resultados positivos.
Sólo con ejércitos, por más cualificados que sean, los
gobiernos no ganarán estas guerras.
La
estructura de seguridad de las Américas
En el ámbito hemisférico existen regímenes para enfrentar
las amenazas, a lo que se debe recurrir también para evitar el
avance del terrorismo. La estructura de seguridad de las Américas
está conformada por la Junta Interamericana de Defensa, JID, de
1945; el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR o
Pacto de Río, de 1947; el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas
(Pacto de Bogotá) de 1948; la Carta de la OEA de 1948; el Compromiso
de Santiago con la Democracia y la Renovación del Sistema Interamericano,
la Resolución 1080, llamada Democracia Representativa y la Unidad
para la Promoción de la Democracia (UPD), los tres últimos
de 1991 y la Conferencia Regional de Medidas para el Fomento de la Confianza
y la Seguridad (CSBMs), de 1995.
El 27 y 28 de octubre de 2003, se realizó en México la Conferencia
Especial sobre Seguridad, en el marco de la OEA, con el propósito
de revisar la estructura de seguridad del continente a la luz de los
cambios iniciados en los noventas y para dar respuesta a las nuevas
amenazas, con el impulso ulterior de los actos terroristas de 2001.
Esta reunión tuvo la particularidad de convocar a numerosos encuentros
previos en los cuales, por medio de un amplio debate, se fue acomodando
la agenda prevista a los intereses de las naciones participantes. Hubo
nueve reuniones preparatorias en el marco de la OEA y diversas sesiones
bilaterales y subregionales, por ejemplo Argentina realizó tres
con Chile y dos con Brasil (formales e informales).
Ello demuestra un mayor compromiso de los países en pos de organizar
una agenda que responda a los intereses nacionales y no necesariamente,
a los objetivos de la potencia hemisférica, y al mismo tiempo,
da cuenta de la preocupación actual por las cuestiones de seguridad.
El proyecto aprobado establece algunos criterios novedosos que requerirán
de medidas de implementación en los estados miembros. Especialmente,
resaltamos dos conceptos: la noción de multidimensionalidad de
la seguridad y la idea de una arquitectura flexible.
En la Declaración de Bridgetown, Barbados, en junio de 2002,
se aprobó que las amenazas, preocupaciones y otros desafíos
a la seguridad en el Hemisferio son de naturaleza diversa y alcance
multidimensional y que el concepto y enfoque tradicionales deben ampliarse
para abarcar amenazas nuevas y no tradicionales, que incluyen aspectos
políticos, económicos, sociales, de salud y ambientales.
Se desprende de este párrafo la idea de que la seguridad no es
una única manifestación y que cada estado puede considerar
como riesgos, situaciones de carácter muy diferente.
Es importante entender que el aspecto multidimensional se refiere
al conjunto hemisférico, pero tal como lo expresa la misma declaración,
cada Estado tiene el derecho soberano de identificar sus
propias prioridades nacionales de seguridad, conforme a su ordenamiento
jurídico, y con el pleno respeto del derecho internacional y las
normas y principios de la Carta de la OEA y la Carta de las Naciones
Unidas.
En la Asamblea de la OEA también se ratificó que las nuevas
amenazas son trasnacionales, pero no debe asumirse que ambos conceptos
son equivalentes, porque limita la respuesta nacional que cada estado
administra para enfrentar a esas amenazas, de acuerdo con sus objetivos
políticos y su normativa legal vigente. También se acordó
que deben emplearse todos los recursos estatales existente (militares,
inteligencia, legales, diplomáticos) para enfrentar las amenazas,
pero no se estipuló que esos medios deben estar bajo la órbita
militar. Este reparo se relaciona con la noción de arquitectura
flexible, o sea los instrumentos, recursos e instituciones que cada
Estado compromete en las cuestiones de terrorismo y otras amenazas,
sumado a las múltiples y no excluyentes iniciativas bilaterales
y subregionales que junto con los instrumentos hemisféricos, proveen
a la seguridad de las sociedades.
El consenso sobre la multidimensionalidad de la seguridad ha dejado
conforme a unos y disconforme a otros. Para aquellos que esperaban que
la reunión de México finalizara en una serie de acciones concretas
para lidiar con el nuevo terrorismo, este acuerdo se parece a una shoping
list en dónde está puesto todo lo necesario, pero con
lo cual no se puede preparar ninguna comida. Quienes temían que
este acuerdo impusiera condiciones contrarias a la legislación
nacional, encuentran la declaración como una base aceptable para
fijar los valores sobre los que se construirán medidas a futuro.
Las
nuevas preocupaciones de seguridad
Una peculiaridad de lo que se llama nuevas amenazas, y que incluye
además del terrorismo al narcotráfico, la criminalidad organizada,
las migraciones masivas, el deterioro del medio ambiente, el tráfico
ilegal de armas, niños, órganos, las catástrofes, es
que son preocupaciones que no se encierran en los límites de una
nación. Las respuestas efectivas comprenden al menos relaciones
bilaterales, pero mayormente alcanzan el nivel subregional.
Esto induce a una mayor cooperación entre
los estados con otra particularidad: si antes era notorio que las acciones
externas se concentraban casi exclusivamente en los Ministerios de Relaciones
Exteriores, por medio de reuniones de Cancilleres, hoy el ámbito
americano convoca a diferentes jurisdicciones, ministerios de gobierno,
de economía, de defensa, encuentros entre autoridades policiales,
la creciente participación de organizaciones de la sociedad civil,
que incluso han logrado tener voz antes los organismos multilaterales
como la OEA. Y como bien lo refleja el FIPA, los congresistas no están
ausentes de la cooperación hemisférica, en su doble función
de representantes de las sociedades nacionales y de supervisores de
las políticas del Poder Ejecutivo.
Esta participación se hace más necesaria si acordamos que
a diferencia de lo que ocurría en los tiempos de la Guerra Fría,
en donde el enemigo era visualizable y localizable, las nuevas amenazas
crean mayor incertidumbre, al mismo tiempo que generan una reflexión
acerca de si los instrumentos tradicionales de defensa del Estado, son
eficaces para combatir estos peligros. El gobierno de Estados Unidos
ha decretado una guerra al terrorismo, comprometiendo a
los países del hemisferio en su prioridad. La influencia norteamericana
por una parte, y la escasa tradición de los países latinoamericanos
en debatir las cuestiones de seguridad, que tradicionalmente se manejaron
con exclusividad en el ámbito de las fuerzas armadas, por otra
parte, obligan a los representantes políticos de los ciudadanos
a involucrarse en el análisis y en dar respuestas al terrorismo
y las demás preocupaciones de seguridad.
Las
Américas ante el terrorismo
No
excusa a ninguno de los estados del continente la remota eventualidad
de que se vean sometidos a la acción destructiva del terrorismo.
Las diferentes formas de asociación entre Estados Unidos y las
naciones del Caribe y América Latina, ya sean estas la contribución
de tropas como sucede en el caso de El Salvador, Nicaragua y República
Dominicana, o los procesos de integración económica (el NAFTA)
o el turismo en las paradisíacas islas caribeñas, cualquiera
de estas situaciones puede desencadenar un ataque organizado por grupos
terroristas.
En la Declaración de México 2003, los países
del continente, los estados miembros, se comprometen a tomar acciones
ante el terrorismo que constituye una grave amenaza a la
seguridad, a las instituciones, a los valores democráticos de los
Estados y al bienestar de nuestros pueblos.
Esta afirmación es una responsabilidad asumida
por cada una de las naciones, las cuales arbitrarán sus recursos
políticos y legales para luchar contra la amenaza terrorista. Las
instancias regionales para responder a este riesgo se centran en la
labor de la Comisión Interamericana de Combate al Terrorismo,
CICTE, bajo el paraguas de la OEA.
Tal como ha sido expresado por otras naciones desarrolladas
que enfrentan largas décadas de conflictos y acciones terroristas
internos, las formas más eficientes de combatir el problema pasan
por la información, la justicia, los controles migratorios, pero
en ninguno de los casos se reconoce que las medidas militares han sido
eficientes para lidiar con la guerrilla. El deber de los parlamentarios
es asegurar que los mecanismos para combatir al terrorismo no cercenen
las libertades civiles. Todos los instrumentos que los gobiernos establezcan
para bregar con este problema requieren su legitimación por medio
de leyes aprobadas en los Congresos.
La prioridad en el combate al terrorismo, es por
lo tanto, la vigencia de un orden político sostenido en una amplia
legitimidad étnica, religiosa y de clase. El multilateralismo,
la diplomacia, las mediaciones y negociaciones e incluso las sanciones
económicas son recursos
primordiales de la seguridad y la defensa, y sólo
se recurriría a las acciones militares en el último extremo.
La compatibilización de legislaciones es necesaria para controlar
estas nuevas formas de terrorismo, puesto que divididas sólo suman
impotencia.
Libertades
civiles y terrorismo
La tendencia a militarizar la lucha contra el terrorismo en Estados
Unidos conlleva riesgos en democracias incipientes y frágiles,
como son las de América Latina y el Caribe. La mayoría de
los estados del continente están en el proceso de consolidar la
democracia y reformar y fortalecer las instituciones de gobierno. El
rol de los legisladores, que fue suprimido o restringido durante las
administraciones autoritarias, aún no ha logrado un justo equilibrio
en los sistemas de gobierno nacionales.
Dos déficit reconocidos son la fragilidad del imperio de la ley
y de la consolidación del estado de derecho. A ello se suma un
precario control sobre las fuerzas armadas que mantienen espacios de
autonomía y, en muchos casos, no han resignado antiguas prerrogativas,
mientras que los ministerios de defensa han demostrado poca capacidad
para conducir la política de defensa. Ante este cuadro, la actuación
de los representantes de la ciudadanía, conduce al respeto de los
procedimientos legales y el cumplimiento de los derechos humanos.
Los Parlamentos, en cooperación con la prensa, las organizaciones
de la sociedad civil, de mujeres, ambientalistas, las organizaciones
defensoras de los derechos humanos, deben velar conjuntamente por la
eficiencia del Estado. La prioridad es superar las actuales limitaciones
de la justicia civil, evitando que el estado de derecho sea doblegado
por la reacción militarista.
La criminalización de una comunidad no es un medio efectivo para
luchar contra el terrorismo. Debe resguardarse la protección de
la privacidad. Ante el terrorismo, la democracia responde ampliando
los derechos de ciudadanía, concediendo mayor participación
en la gestión y control de lo público y mejorando la capacidad
de las instituciones del Estado en la solución a las demandas legítimas
de los habitantes.
Estos argumentos adquieren
relevancia ante los conflictos más relevantes del continente. Si
bien persiste un movimiento guerrillero de forma tradicional como Sendero
Luminoso en Perú, la preocupación mayor refiere a las FARC,
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. El papel de los Congresos
ante este problema puede tomar dos aspectos. Por una parte, y ante las
numerosas denuncias de abusos contra los derechos humanos, los congresistas
de las Américas pueden apoyar la labor del Parlamento Colombiano
y de organizaciones regionales reconocidas, como la Comisión Andina
de Juristas, para fortalecer un combate a las FARC dentro del imperio
del derecho. En esa misma tónica, plantear medidas de apoyo a los
desplazados por la violencia, que se estima que en 2002 fueron 400.000.
Por otra parte, el Plan Colombia ha recibido numerosas críticas
por militarizar el conflicto, desestimando otras formas de combate.
Los parlamentarios pueden contribuir a un debate más amplio y público,
alentando soluciones alternativas que mitiguen los costos de vidas del
Plan Colombia. Se debe destacar que esa ausencia de debate comprende
también al gobierno norteamericano, donde hubo pocas expresiones
críticas respecto de los magros resultados obtenidos con este plan.
En una de ellas el diputado McGovern (D-MA) resaltó que había
que limitar la ayuda militar y propuso enviar un mensaje poderoso
de que el Congreso cree que el respeto a los derechos humanos es esencial,
y que la impunidad de altos oficiales de las fuerzas armadas que hayan
cometido abusos contra los derechos humanos, debía finalizar.
En el supuesto de que no sea posible una victoria militar en Colombia
y que el conflicto siga prolongándose, será necesaria la injerencia
de otros países, como recientemente propuso José Dirceu, titular
de la Casa Militar del gobierno de Brasil. Ante estas eventualidades,
el rol de los parlamentarios será vital, para que los gobiernos
tomen decisiones en correspondencia con las expectativas de la sociedad
que ellos representan. Nuevamente, el aporte debe orientarse a construir
mecanismos que conduzcan a una paz justa, evitando daños colaterales
en la población colombiana y reforzando la justicia y la primacía
del derecho.
Los
Congresos y su acción ante el terrorismo
Aunque no es una práctica habitual, la presencia de congresistas
en dependencias policiales, de fuerzas de seguridad y militares para
conocer con más detalle los problemas de seguridad, crea conciencia
entre los oficiales de la importancia que revisten en los regímenes
democráticos la labor de los legisladores. En segunda instancia,
permite que los representantes adquieran mayor información y conocimiento
sobre los temas, demostrando además la responsabilidad con la cual
los miembros de los Congresos asumen su tarea. Estas visitas deben ser
una rutina, y no un evento social. En algunos países persiste la
idea de que cualquier actividad vinculada con la seguridad debe mantenerse
en secreto. Ello responde a una tradición de autonomía de
las fuerzas armadas y de seguridad que en democracia debe revertirse
para lograr la consolidación del régimen.
Además, sólo por medio de un conocimiento más detallado
de las actividades relacionadas con la seguridad, los parlamentarios
pueden debatir el presupuesto y asignar recursos, que es una de las
tareas fundamentales con las cuales el Parlamento contribuye a la democracia.
El control y la reasignación presupuestaria realizada por el Congreso
es la medida más clara para conocer el grado de división de
poder existente en una sociedad.
Asimismo, los congresistas deben fiscalizar los flujos de ayuda militar
proveniente de Estados Unidos, determinar, de acuerdo a la legislación
vigente en cada país, la conveniencia o no de que las fuerzas armadas
asuman algún liderazgo en la lucha contra el narcotráfico
en lugar de la policía. El gobierno de Washington provee
de ayuda militar vinculada a esas tareas, que en algunos casos restituye
a los sectores castrenses su añorado protagonismo político.
Estados Unidos en los últimos años ha cambiado a antiguos
adversarios convirtiéndolos en aliados. Las Américas han tenido,
por el contrario, una relación más estable con la potencia.
Por ello, también tienen una voz de larga legitimidad para negociar
acuerdos. Los congresistas pueden desempeñar un papel importante
en fijar esos estándares de cooperación, representando los
intereses de cada una de las naciones.
Los legisladores pueden recurrir al CICTE que se está constituyendo
como una red interamericana de recopilación, comunicación
y transmisión de información y que provee de asesoramiento
a las Legislaturas para la formulación de leyes antiterroristas.
Es más, una colaboración más estrecha entre FIPA y CICTE
aumentaría la legitimidad de estas iniciativas. Conjuntamente,
contribuiría a cumplir con las directivas del Comité de Contraterrorismo
de las Naciones Unidas, que propuso una serie de medidas concretas para
fijar normas de comportamiento ante la amenaza del terrorismo, orientaciones
para el control de aduanas, migraciones, extradiciones, tráfico
ilegal de armas, así como para establecer leyes de control financiero
y códigos comunes para la intervención de las policías.
El nuevo acuerdo de seguridad llegó a un consenso referido a
la multidimensionalidad de la seguridad como a la arquitectura flexible.
No obstante, no se ha definido la operacionalización de ambas ideas.
En pos de legitimar ambos conceptos y contribuir a fortalecer a las
decisiones de gobierno, los parlamentarios tienen que hacer oír
su voz frente a estos temas, colaborando activamente en su debate interno
y subregional.
Los
parlamentarios y las instituciones nacionales
Es conocida la preocupación acerca de la fortaleza democrática
en las Américas. En los últimos años asistimos a la destitución
de varios presidentes, a intentos de golpe de estado, a crisis políticas
y manifestaciones populares violentas, al debilitamiento de partidos
políticos históricos, a fuerzas armadas que parecen un estado
dentro del estado, a la desconfianza ciudadana en sus políticos.
Muchos países sostienen un delicado equilibrio entre avances democráticos
y amenazas a la gobernabilidad.
En varios países de las Américas las policías están
bajo sospecha ciudadana por actos de corrupción, por excesos en
el uso de la violencia. Los parlamentarios tienen que supervisar estas
instituciones forzando al cumplimiento estricto de la ley, estableciendo
guías claras para el empleo gradual de las armas. La falta de capacidad
del Estado para manejar las expectativas de seguridad de los ciudadanos
es potencialmente uno de los factores más desestabilizadores en
la consolidación de la democracia. Los jefes de gobierno, en ocasiones,
prefieren no establecer controles externos sobre las fuerzas de seguridad,
porque ello permite su uso discrecional en función de sus intereses
de poder. Los Congresos pueden limitar estos desvíos realizando
una supervisión institucionalizada sobre las fuerzas de seguridad
y la comunidad de inteligencia.
En la mayoría de los países latinoamericanos,
en donde las fuerzas armadas estuvieron implicadas en graves violaciones
a los derechos humanos y abusos de poder, el hecho de que las nuevas
autoridades indicaran sin rodeos su compromiso con la justicia y su
intención de terminar con la impunidad constituyó un hito
fundamental en el proceso de construcción democrática.
Los abusos del antiguo régimen y la militarización de las
fuerzas policiales han dejado el triste legado de la impunidad policial.
Las limitaciones de los gobiernos latinoamericanos y los procesos de
reforma (del autoritarismo a la democracia, de la guerra interna a la
paz y de economías cerradas a economías integradas) dejó
para tiempos posteriores la innovación de los organismos
policíacos, con un claro perfil civil en términos de entrenamiento
y profesionalismo, doctrina, inteligencia, equipamiento, reclutamiento
y condiciones de vida. Ahora que se plantea la necesidad de contar con
fuerzas policiales modernas que puedan responder a las nuevas formas
de criminalidad organizada, esta tarea resulta sumamente urgente. En
otros casos, frente al desborde de las fuerzas del orden, se auspicia
que las fuerzas armadas se encarguen de la seguridad pública. La
participación de los militares en funciones de mantenimiento del
orden público y de inteligencia interna pone en entredicho los
fundamentos del control democrático.
Se ha visto que varias naciones tienen déficit en la administración
de justicia. El mejoramiento de la Justicia conduce a restablecer la
confianza pública en sus instituciones. Los Congresos tienen facultades
para modernizarlo y agilizarlo, así como para cuestionar
su accionar cuando responde a intereses privados o sectoriales.
Las comunidades de inteligencia de América Latina y el Caribe
continúan teniendo un fuerte componente militar y están sometidas
a un limitado control jurídico. Las actividades secretas del Estado,
la recolección de información sobre actores privados y el
uso de esa información no son actividades militares. Son actividades
de policía y deben incluir formas de escrutinio responsable por
parte del Congreso o de comisiones externas a fin de evitar el uso político
de los datos o la ilegalidad de los procedimientos.
En definitiva, se trata de darle un sentido al desastre y ese sentido
es la cooperación. La única lucha eficiente contra el terrorismo
es la cooperación internacional institucionalizada, a través
de los organismos multilaterales globales y regionales. El buen
gobierno con instituciones que cumplen cabalmente con sus responsabilidades
es el mejor antídoto para la aparición local de grupos terroristas.
Los Congresos deben liderar la recuperación de la credibilidad
en la política, pues las nuevas amenazas no cederán ante medidas
militares, sino cuando se disminuya sus apoyos, atacando las causas
del descontento ciudadano.
* * * * *
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